No llores porque terrminó… sonrié porque sucedió.
Hace unos días vimos una película basada en la vida real,
una pareja de esposos que se dedicaba a servir a los indigentes, entre ellos,
un hombre de tez morena que había sido muy lastimado en la época de los años en
los cuales el racismo estaba en su apogeo en los Estado Unidos. Pero el amor de
la esposa por servir a Dios por personas como èl, hizo que la voluntad tan
lastimada de éste hombre fuera domada. La escritura nos muestra a una humanidad
esclavizada y lastimada por el pecado, pues dice que no hay un solo hombre en
quien no haya esa semilla en su corazón (Romanos 3:23). PERO, Dios Padre en su
infinita misericordia y amor por todos nosotros los indigentes espirituales,
nos envió a su Hijo a morir en la cruz para poder ser limpiados (Juan 3:16-19).
En la película, la esposa muere, y en su funeral el indigente moreno declara:
“No lloremos porque se terminó la relación con ella… sonríamos porque sucedió”.
Qué lindo que algún día podamos nosotros decir eso de Cristo: “No lloremos
porque naciò, murió y resucitò… sonriamos porque sucedió” (murió por y para
nosotros). Amén.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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