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Todo lo que trajo consigo una simple pregunta.

  Hace unos días preguntamos a alguien: ¿Por qué ya no asistes a la Iglesia? Su respuesta fue ésta: Desde niño fui engañado a que el Santísimo vivía entre cuatro paredes a las cuales llamaban Iglesia, para enterarme más adelante que Dios habita dentro de mí. Luego entre esas cuatro paredes fui traicionado; más tarde entre esas cuatro paredes, por una obediencia extrema y ciega, lastimé a mis hijos de una forma que ellos no se merecían; entre esas cuatro paredes fui juzgado y sentenciado sin tener la mínima oportunidad a una digna defensa; más adelante, pagué económicamente la lección más cara de mi vida, bajo la tutela de un asalariado. Entre esas cuatro paredes me convertí en un fariseo empedernido creyéndome mejor que otros porque hacía o dejaba de hacer lo que otros no. Entre esas cuatro paredes fomentaron el daño que aún padece mi matrimonio. Y ¿todo eso para qué?. Para enterarme que las escrituras decían que de esas mismas cuatro paredes que decían llamar Iglesia, habían “ex...

La vida nos da respuestas.

  Cuántas veces no hemos dicho palabras de las cuales al poco tiempo nos arrepentimos por haberlas dicho con cólera, resentimiento, o, a la ligera. Los abuelos acostumbraban decirnos: “El que escupe al cielo, le cae en la cara”. En indefinidas ocasiones hemos visto como en estado hepático decimos algo, y al poco tiempo, somos avergonzados porque se evidencia nuestra necedad o falta de gratitud. Y, como también decían los abuelos: “Nos tenemos que tragar nuestras palabras”. Es muy extraño, pero hasta que la vida nos da las respuestas, nos damos cuenta de algo que pudimos ver o entender, si hubiéramos escuchado a alguien o actuado más sensatamente. En las escrituras vemos casos como el de Nabal, el esposo de Abigaíl, pues en su necedad NO reconoció lo que David hizo por él, y Dios le quitó sus bienes, su esposa y hasta la vida (1ª. Samuel 25). Sí, siempre, la vida nos da las respuestas que quizás, no quisimos escuchar de otras personas. Selah.   Señor: Danos un honesto cel...

No miremos hacia fuera… miremos hacia dentro

    Cuando estamos en angustias, en la gran mayoría de ocasiones, es hasta cuando nos atrevemos con toda “desvergüenza” a pensar en Dios. Cuando estamos acomodados sólo pensamos en cubrir nuestras necesidades, gustos o caprichos. Y, en esa situación, “justificamos” lo que hacemos para no dejar de hacerlo. Un excelente ejemplo de la justificación y sus consecuencias la vemos en los fariseos del Sanedrín, persiguiendo a Cristo y dicíéndole: “No sabemos quién eres tú, nosotros somos hijos de Abraham” (Juan 8), dicho sea de paso NINGUNO de ellos fue salvo según las escrituras (Marcos 14:53-55). Adán y Eva, miraron para fuera a quién culpar de sus errores, justificándolos (Génesis 3). Pareciera una ley de la naturaleza, que cuando nos va mal buscamos “fuera” para ver quién es el culpable de nuestra situación, cuando en realidad lo que debiéramos hacer es ver hacia “dentro”, pues los culpables de “esa” situación somos nosotros, ya sea, por malas decisiones, inocencia, ignorancia...

Ese vacío que todos llevamos dentro.

  El ser humano puede estar rodeado de todas las comodidades posibles, pero, siempre tendrá un vació en la vida. Una prueba: Adán en el Edén tenía de todo, pero nos dice la escritura: “No es bueno que el hombre esté sólo… le haré ayuda idónea” (Génesis 2:18). Podríamos decir que la existencia del ser humano es como un rompecabezas al que le falta una pieza. En Adán esa pieza era una pareja idónea, en cada uno de nosotros será algo diferente como falta de salud; soledad o compañía excesiva, limitación económica; frustraciones; decepciones; obstáculos muy fuertes para lograr las metas, etc. Sin embargo, Dios en su infinita sabiduría y misericordia nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” (Mateo 11:28); “Sé fuerte y valiente, porque YO iré contigo” (Deuteronomio 31:6); “Ni ángeles ni demonios podrán separar mi amor por ti” (Romanos 8:38); “Como una madre consuela a su hijo… así te consolaré YO a ti” (Isaías 66:13). Ciertamente todos tenemos una pieza que no...

La razón por la que Moisés no entró a la tierra prometida

    Según leemos en las escrituras, la razón es porque Moisés desobedeció a Dios tocando la piedra dos veces, y con ira, para que saliera agua (Números 20 completo). Pero ¿SÓLO por eso? No, cuando analizamos toda la escritura vemos algo muy hermoso y significativo, en Mateo 17 vemos la transfiguración de Cristo, y al lado de él a Moisés y a Elías. Uno representaba la “Ley” y el otro la “Profecía”. Años más tarde, vemos a un Saulo de Tarso, fariseo educado a los pies de Gamaliel el mayor maestro de la Ley en Israel en su momento, encendido en ira persiguiendo a los creyentes en Cristo, HASTA QUE, Dios le habla y le instruye en SU evangelio (Gálatas 1:1-12). Y, recibió entre las instrucciones lo siguiente: “Porque el FIN de la Ley es Cristo, para justicia a todo aquél que en él cree” (Romanos 10:4). ¿Entendemos ahora? La Ley ya no funciona desde que Cristo derramó su sangre en la cruz (Hebreos 8:13). Moisés NO entró a la tierra prometida (figura del reino de los cielos)… sim...

Somos tan necios… que ni viendo milagros.

Hay un verso en las escrituras que reza: “La necedad está ligada al corazón del hombre” (Proverbios 22:15). ¿Qué significa esa necedad? Resumiéndola es: “Actuar con imprudencia, sin razonar acerca de lo que hacemos o decimos”. Pues bien, toda la humanidad estamos ligada a ésta triste situación. Veamos un caso bíblico muy claro y triste a la vez. En el libro de Mateo, en el capítulo 17 se nos narra la escena en la cuál Cristo es transfigurado, o sea, muestra toda su gloria delante de los ojos de tres de sus más cercanos discípulos, Pedro, y los hermanos Jacobo (también llamado Santiago) y Juan, allí, en el Monte Tabor en Galilea, al norte de Israel. Estos tres discípulos son testigos de algo extraordinario que sería “suficiente” para uno darse cuenta de quién era el hombre al que seguían. Sin embargo, cuando éste hombre es crucificado y asesinado, las escrituras señalan que Pedro y Juan al llegar al sepulcro y verlo vacío, NO entendieron qué era lo que había sucedido (Juan 20:3-23); o...

Para qué sirve un Ayo.

  La definición de Ayo:” Un ayo (o aya en femenino) es una persona encargada de custodiar, criar y educar a los niños o jóvenes en el seno de una familia”. La escritura nos dice lo siguiente: “La Ley, fue un Ayo para llevarnos a Cristo” (Gálatas 3:24), notemos que ésta epístola es enviada a personas que YA son creyentes (Gálatas 1:1-2), en otras palabras, ya NO necesitan un ayo (alguien que los custodie, críe o eduque, según la definición). Antes en el libro de Romanos escrito también a personas que YA eran creyentes, el apóstol Pablo declaró: “Porque el FIN DE LA LEY (el Ayo), es Cristo” (Romanos 10:4). En otras palabras: “Venido Cristo, ó, si se quiere, los que YA venimos a Cristo… YA NO NECESITAMOS UN AYO”. En otra escritura se nos incita a “Escudriñar las escrituras, porque ALLÍ encontraréis la verdad” (Juan 5:39). Cristo nos enseña. “En donde dos o tres” (nótese que NO dice dos mil o tres mil) se reúnan en mi nombre, allí estaré” (Mateo 18:20). Preguntamos entonces: Según ...