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Los Escribas del Señor.

  Un escriba era una persona del pueblo de Dios que se dedicaba a estudiar, copiar y enseñar las escrituras, por lo tanto, era una persona muy respetada dentro de la comunidad. Esdras (500 años antes de Cristo), y en su tiempo los apóstoles Mateo, Marcos, Lucas y por supuesto Juan, aunque Marcos no fue un apóstol sino tan sólo un discípulo (Mateo 1:1; Marcos 1:1; Lucas 1:1-3; y Juan 11-5). A todos ellos les debemos el conocimiento que hoy se tiene de las profecías de Cristo; de su cumplimiento; y de los planes de Dios para todo aquél que quiera, de voluntad propia, seguirle y obedecerle. Cuando estudiamos las escrituras, podemos ver que si alguien fue un “elegido” para ser el escriba preferido del Señor, fue el apóstol Juan: Estuvo en todos los eventos más importantes del Ministerio: La profecía de la destrucción del Templo (Marcos 13:3; en la transfiguración (Mateo 17:1-3); fue el único que permaneció frente a la cruz en su muerte (Juan 19:26-7); estuvo presente también cuando e...

No era lo que ellos creyeron.

    Cuántas personas han caminado con nosotros durante décadas en la carrera cristiana y los hemos visto desistir en el trayecto. Personas que se veían muy entregadas y las cuales hasta fueron la mano extendida de Dios para otros. PERO, hoy los vemos a un lado de la vereda y con pensamientos que distan mucho de mostrar el haber conocido a Dios de una forma personal. ¿Cuál es la razón de ello? ¡No entendieron nunca que el Reino no es lo que ellos creyeron! Veamos un par de ejemplos: Cristo les explica a sus discípulos que es necesario ir a Jerusalén para que el Hijo del hombre sea sacrificado (levantado), pero los discípulos se niegan a eso y Pedro dice: “Señor: Nada de esto te acontezca” (Mateo 16:21-22), ¿Por qué? Porque ninguno, y menos Pedro, habían entendido nada, para ellos la muerte del Mesías significaba “más desanimo y más decepción” por seguir bajo el yugo romano. Otro ejemplo: Cristo acaba de ser sacrificado en la cruz y dos de sus discípulos, “ese mismo día” (do...

Hasta que caigan las escamas.

    Un tal Saulo de Tarso, que más tarde llegaríamos a identificarlo como el apóstol Pablo, yendo un día con suficiente odio hacia la ciudad de Damasco, con permiso de las autoridades eclesíasticas para tomar prisioneros y matar a los seguidores de Cristo (Hechos 9:1). En un momento de la caminata es confrontado por el mismo Dios, quien le pregunta ¿Saulo, Saulo… por qué me persigues? (Hechos 9:4).   Esto implica algunas lecciones: Una, Dios aún y a pesar de su grandeza, se humilla y habla con los seres humanos más pecadores. Dos, cuando elige a alguien, quizás tarde pero siempre se hace manifiesto a él. Tres, cuando lo hace (el comunicarse) da procedimientos exactos y claros para que entienda (Hechos 9:6). Cuando Saulo es llevado a Damasco en donde le visita Ananías, el profeta, es allí cuando se enteran ambos que Pablo es un “elegido”, cuando al fin se le caen las escamas de los ojos (Hechos 9:18). Cuatro, cuando Dios nos habla somos cambiados a otra persona, Sa...

Ellos 12 éramos todos nosotros.

  Estudiamos de Pedro, rebelde e impulsivo (Juan 18:10); de Juan y Jacobo, fuertes, decisivos y hasta violentos (Marcos 3:17); de Judas, un traidor (Mateo 26, Marcos 14, Lucas 22 y Juan 13); de Felipe, quien se preocupaba por el prójimo (Juan 6:7); de Mateo, el hombre que tomaba notas de todo lo que sucedía alrededor de su Maestro (Mateo 1); de Juan y su hermano Jacobo (Santiago el mayor), de Pedro y Andrés que eran todos pescadores (Mateo 4:18-21), por mencionar a algunos de los 12. Y, ¿El por qué de ésta introducción? Pues porque al observar el rebaño del Señor en la actualidad, podemos perfectamente identificar que entre todos los que hemos tomado la decisión de seguir a Cristo, entramos conscientes o inconscientes en una de esas actividades humanas, que en la caminata se vuelven espirituales. Todos somos rebeldes, impulsivos, decisivos, violentos, nos preocupamos por los demás en determinados momentos, tomamos nota de lo que sucede o deja de suceder, y, hasta en ocasiones no ...

Ni en éste monte ni en Jerusalén.

      Cristo habla como Maestro de la Ley, contra todo protocolo y costumbres con una mujer, y por si esto fuera poco, mujer Samaritana (Juan 4:9). Una parte de la conversación se basa en relación a dónde es adecuado “adorar” a Dios, y quién tenía la razón, judíos o samaritanos. Y, dentro de la plática el Señor le hace notar que viene un tiempo en el cuál ya no se adorará a Dios ni en un sólo monte (el monte en donde Jacob había hecho el pozo alrededor del cuál estaban ubicados, verso 4), ni en una sola ciudad (Jerusalén, en donde estaba edificado el Templo, que sería destruido a propósito 40 años después, Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21). La mujer cuestiona ¿Cómo será eso? Y la respuesta de Cristo, así como ella no la entendió al principio, MILLONES de personas que decimos seguir a Cristo hoy en día tampoco la hemos entendido. Se adorará a Dios en CUALQUIER LUGAR, pero en espíritu y en verdad, NO con tradiciones, ritos, imágenes, ni ceremonias preparadas. No se necesi...

Ese leproso… éramos nosotros

  Cristo, viene de dar el Sermón del Monte en éstas condiciones: Seguido de sus apóstoles, de las mujeres que ya se le habían unido al grupo, y, multitud de personas que esperaban ansiosas más milagros o una palabra personal (Mateo 8:1). Y, frente a él se detiene un hombre con lepra, que le dice: “Señor, si quieres… puedes limpiarme” (Mateo 8:2). Un momento tenso, aunque para los seguidores y la multitud, no así para Cristo. Y quien con amor le responde: “Quiero, sé limpio”. Ubiquémonos, ¿Qué tipo de angustia tenía que traer ese leproso sobre sus hombros?: Desechado por la sociedad; sucio físicamente pues no le era permitido estar en ningún lugar público adecuado; quizás con hambre física y ya no digamos espiritual. Pero aún así, vence todos los protocolos y se rinde ante el Señor. ¿Acaso no nos podemos identificar con ese leproso? ¿No nos hemos puesto a pensar que nosotros estábamos así en una oficina corrupta; en una vida inmoral; en una suciedad completa… y sin embargo, un día...

Sacrifica tus bueyes

  Cuando nos invitan por primera vez a un servicio en donde el Señor nos será presentado de una forma que NUNCA antes le habíamos conocido, todo se ve muy lindo: Encargados que nos reciben bien arregladitos con una gran sonrisa; un lugar con mesas de manteles largos y elegantes; comida muy rebuscada; un predicador o predicadora muy tiernos y amorosos que nos hablan de un Dios que todo lo puede, al que nadie puede vencer, a quien nada le es imposible, etc. Y TODO es real, es verdadero (no lo cuestionamos), el punto es qué, lastimosamente, NUNCA nos muestran el lado difícil de seguir a Cristo. ¿A qué nos referimos? Veamos un ejemplo, Eliseo era un trabajador de la tierra con yuntas de bueyes, y, cuando el profeta Elías se le acerca para informarle que ha sido elegido por Dios para servirle, el primer requisito es dejar sus arados, a tal grado que ha de prenderles fuego y sacrificar sus bueyes (1ª Reyes 19:19-21). Se dice fácil y hasta se lee fácil hoy… a 2,700 años luz. Pero ya nos...