Nombres muy bonitos pero sin valor alguno.
Hace muchos años a alguien se le denominó: “El banquero de
Dios”, un nombre y un cargo muy llamativos, pero lastimosamente con fines
perversos, autor de muchas estafas, secuestros y hasta asesinatos en el nombre
de Dios. Más recientemente a un religioso se le llamó: “El lobo de Dios”, daba
la impresión, el apodo, de una persona con hambre de traer almas a Dios, nada
qué ver, fue un depredador, degenerado sexual y pedófilo de primera marca,
defendido por las altas autoridades religiosas (ambos casos quedaron impunes, a
pesar qué el primero era laico, pero con protección por tener una relación
intima con la cúpula religiosa). Con razón las escrituras dicen: “Sólo hay un
nombre que es sobre todo nombre… Cristo, nuestro Señor” (Filipenses 2:9). Ese
nombre sí, no solamente, nos da la idea de algo bueno, sino que es bueno. Todo
ser humano que en los últimos dos mil años, nos hemos puesto, bajo su
cobertura, damos fe que él es nuestra paz, nuestro deleite, nuestro guía,
nuestro defensor, nuestro proveedor, etc. Hay nombres muy bonitos pero sin
valor alguno, pero el de nuestro Cristo no solamente es bonito sino deleitable.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa
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