Hasta que caigan las escamas.

 


 

Un tal Saulo de Tarso, que más tarde llegaríamos a identificarlo como el apóstol Pablo, yendo un día con suficiente odio hacia la ciudad de Damasco, con permiso de las autoridades eclesíasticas para tomar prisioneros y matar a los seguidores de Cristo (Hechos 9:1). En un momento de la caminata es confrontado por el mismo Dios, quien le pregunta ¿Saulo, Saulo… por qué me persigues? (Hechos 9:4).

 

Esto implica algunas lecciones: Una, Dios aún y a pesar de su grandeza, se humilla y habla con los seres humanos más pecadores. Dos, cuando elige a alguien, quizás tarde pero siempre se hace manifiesto a él. Tres, cuando lo hace (el comunicarse) da procedimientos exactos y claros para que entienda (Hechos 9:6). Cuando Saulo es llevado a Damasco en donde le visita Ananías, el profeta, es allí cuando se enteran ambos que Pablo es un “elegido”, cuando al fin se le caen las escamas de los ojos (Hechos 9:18). Cuatro, cuando Dios nos habla somos cambiados a otra persona, Saulo en adelante sería llamado Pablo. Así nos sucede a nosotros, hemos crecido con los ojos escamados, la religión, la tradición, las costumbres, los ritos, las herencias nos han hecho “seguir” al Señor de la manera equivocada, es más, hasta haciendo lo contrario de lo que le agrada, según nosotros, para agradarlo (con imágenes; rezos repetitivos; ceremonias tradicionales; creyéndonos congregar en donde creíamos estaba siendo dirigido por el Espíritu Santo, etc.). Pero hasta que las escamas cayeron de nuestros ojos entendimos que era en cualquier lugar y en Espíritu y Verdad como le dijo Cristo a la Samaritana (Juan 4:23). Meditemos.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa

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