El dinero no quita el hambre.

 


 

Todo ser humano diligente y con deseos de superación trabaja para alcanzar esos sueños muy naturales. Así, de una u otra forma, todos cumplimos como varones la “sentencia” que Dios le diera a Adán en el Edén: “Y te ganarás el pan, con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19). Y, las damas, alcanzarán el sueño de ser madres, pero, con mucho dolor: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces” (Génesis 3:16). En otro orden de ideas, muchos líderes por intenciones ocultas, enseñan y ofrecen (a título personal) a sus ovejas qué: “El día que vengan a los pies de Cristo, TODAS sus penas y angustias se acabarán”. NO fue ni es eso lo que nos enseña la escritura. Veamos, Abraham se nos dice que era RICO EN GRAN MANERA, pero pasó hambre y tuvo que ir a Egipto (Génesis 13:2 y 12:10 respectivamente). ¿Quién entonces nos garantiza que no padeceremos penas, angustias, limitaciones, y hasta posiblemente hambres (sí, hambres en plural)? Si Cristo mismo dijo: “En éste mundo tendreís aflicción, más no temáis, YO he vencido al mundo” (Juan 16:33). Lo que Cristo nos prometió es ESTAR CON NOSOTROS en las tribulaciones NO QUITARNOS de las mismas (Juan 17:15). Entendamos algo, el tener dinero no nos quitará el hambre en algún momento del futuro, sólo estar bajo la cobertura de Dios.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa. 

 

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